
Marie Curie dejó una huella imborrable en la ciencia. Fue pionera en el estudio de la radiactividad (término que ella misma acuñó) y logró descubrimientos extraordinarios que la convirtieron en leyenda. Entre sus hitos más destacados se cuentan:
- Descubrimiento de dos nuevos elementos químicos (1898): el polonio (nombrado así en honor a su Polonia natal) y el radio, aislados junto a su esposo Pierre Curie tras procesar toneladas de pechblenda [1]. Estos hallazgos probaron que el átomo podía ser inestable y emitir radiación, revolucionando la física.
- Primeros estudios sobre radiactividad y sus aplicaciones médicas: Curie fue la primera en usar el término “radiactividad”. Bajo su dirección “se llevaron a cabo los primeros estudios en el tratamiento de neoplasias con isótopos radiactivos” [2], sentando las bases de la radioterapia. Durante la Primera Guerra Mundial organizó unidades móviles de rayos X (las “petites Curies”) para diagnosticar a los heridos en el frente.
- Reconocimientos sin precedentes: Fue la primera mujer en ganar un Premio Nobel y la única persona en la historia en ganar dos Nobel en distintas ciencias (Física en 1903, Química en 1911)[3]. También fue la primera profesora mujer en la Sorbona de París. Su incansable trabajo llevó a la creación del Instituto del Radio en París y otro en Varsovia, centros dedicados tanto a la investigación como al tratamiento del cáncer [4].
Su vida entera giró en torno a la ciencia. Con determinación y sacrificio, Marie Curie rompió barreras de género y abrió caminos nuevos en química y física. Pero ese brillante legado científico tendría un costo personal muy alto, pagado con su propia salud.
Contexto previo y el viaje al sanatorio de Passy
Marie Curie llegó a 1934 con la salud muy deteriorada por años de trabajo con materiales radiactivos. Sufría cataratas, problemas de espalda y fuertes zumbidos en los oídos; a finales de 1933 le encontraron cálculos biliares [5]. Aun así, subestimaba la gravedad de sus síntomas: hacía planes para el futuro, como terminar la construcción de una casa en Sceaux y mudarse a un apartamento con mejor jardín en París [6]. En la Pascua de 1934 recibió la visita de su hermana Bronisława (Bronya). Marie la invitó a un viaje en coche por el sur de Francia para visitar su casa de veraneo, pero durante el viaje contrajo un resfriado que le provocó temblores y fiebre [7]. Pensando que se había repuesto, intentó volver a trabajar en el Instituto del Radio, pero la fiebre regresó con fuerza y tuvo que guardar cama. Sus médicos –según contaría después su hija Ève– sospecharon inicialmente que se trataba de un rebrote de antiguas lesiones tuberculosas, por lo que aconsejaron trasladarla al campo para un reposo absoluto [8].
Antes de alejarse de su laboratorio, Marie Curie impartió a una colega unas últimas instrucciones que revelan su carácter tenaz y su esperanza de recuperarse. Le pidió que guardara cuidadosamente una muestra de actinio en la que estaba trabajando: «Hay que encerrar cuidadosamente el actinio, guardarlo hasta mi vuelta. Cuento con usted para que se cumpla esta orden mía. Reanudaremos nuestros trabajos después de las vacaciones» [9]. Estas palabras, cargadas de determinación, muestran que Marie aún confiaba en volver al laboratorio tras un periodo de descanso.
A finales de junio de 1934, acompañada por su hija menor Ève, Marie fue internada en el sanatorio de Sancellemoz, cerca de la comuna alpina de Passy, en Alta Saboya [10]. El viaje en tren desde París hasta los Alpes resultó extenuante; en una de las estaciones del trayecto Marie sufrió un desmayo debido a la debilidad de su estado [11]. Al llegar al sanatorio –ubicado a unos 1.000 metros de altitud, frente al macizo del Mont Blanc [12] – se le practicaron nuevas radiografías y análisis. Para sorpresa de los médicos locales, las pruebas no confirmaron la presunta tuberculosis que se temía: algo más estaba causando su enfermedad [13]. La temperatura de Marie no bajaba de 40 °C, indicio de una infección o proceso grave. Dado lo inusual del cuadro, el Profesor Roch, hematólogo venido desde Ginebra, fue llamado para consultarla. Tras revisar sus análisis de sangre, el Dr. Roch descubrió la verdadera causa: Marie Curie padecía una anemia perniciosa aplásica severa, una grave insuficiencia de la médula ósea para regenerar la sangre [14]. Era un diagnóstico funesto en 1934, sin tratamiento curativo –probablemente provocado por la acumulación de radiación en su cuerpo tras décadas de trabajo con sustancias radiactivas, aunque en ese momento la relación causa-efecto no se entendía del todo [15].
El sanatorio de Sancellemoz en 1934
[16] La silueta imponente del sanatorio de Sancellemoz se recortaba en la ladera del Plateau d’Assy, con vistas panorámicas a las montañas de Alta Saboya y al macizo del Mont Blanc. Era un edificio moderno y compacto, construido específicamente como “sanatorio-hospital” por iniciativa del Dr. François Tobé, su director médico, en medio de la lucha contra la tuberculosis de la época [17]. Inaugurado en 1931 y diseñado por el arquitecto Paul-Louis Dubuisson, contaba con unos 195 lechos para pacientes en siete plantas de altura [18]. Fue pionero en el Plateau d’Assy por su estructura de hormigón armado: tanto la estructura como los pisos y la amplia terraza superior (habilitada como solárium) eran de este material resistente [19]. Su diseño reflejaba las teorías más avanzadas de arquitectura sanitaria: por ejemplo, cada habitación tenía un gran ventanal orientado al mediodía (sur) y se prolongaba hacia el exterior en un balcón-terraza individual donde el enfermo podía reposar en su chaise longue al aire libre [20]. Estos balcones de cura, separados entre sí por mamparas que cortaban el viento, permitían que cada paciente tomara el sol y el aire puro de la montaña de forma resguardada pero con vistas amplias al paisaje alpino [21]. Un sistema de toldos les protegía del exceso de sol, y se prestaba especial atención al aislamiento térmico del edificio dada la altitud: muros dobles con cámara de aire, materiales aislantes innovadores y calefacción segmentada por zonas para contrarrestar los bruscos cambios de temperatura en la montaña [22].

La distribución interior de Sancellemoz combinaba funcionalidad médica con comodidades de hotel, acorde con su concepción de sanatorio de alta categoría. El edificio estaba dividido en dos alas principales –tradicionalmente separando pacientes por sexo– unidas por un cuerpo central. En ese bloque central se ubicaban, del lado sur, varios “apartamentos de lujo” para pacientes que podían pagar estancias más cómodas, mientras que la zona norte albergaba los servicios médicos (consultorios, sala de radiografías, quirófano, laboratorios) y oficinas del personal [23]. Esta configuración central servía además de barrera entre el ala de mujeres y el ala de hombres del sanatorio. En la planta baja se disponían las áreas comunes: un gran vestíbulo de entrada adornado con elegantes pilares de mármol, amplios salones de estar, biblioteca y un comedor espacioso para pacientes. También contaba con servicios como tienda, peluquería, oficina de correos e incluso una pequeña capilla para atender las necesidades espirituales de los internos de fe católica. De hecho, la capilla de Sancellemoz (dedicada a Saint Anselme) fue consagrada ese mismo año 1934, poco antes de la muerte de Marie. Todo en el sanatorio estaba pensado como parte del tratamiento: desde los amplios ventanales que inundaban de luz los pasillos y escaleras, hasta los jardines y senderos en los alrededores, diseñados para que los convalecientes pudieran dar paseos suaves en medio de la naturaleza alpina.
Marie Curie pasó sus últimos días alojada en una de las habitaciones de Sancellemoz, muy probablemente situada en la cuarta planta del ala de mujeres. Según los registros, su habitación era la número 424, identificada como un “apartamento” por su amplitud –en ella exhaló su último aliento el 4 de julio de 1934 [24]. Podemos imaginar este cuarto sencillo pero luminoso: un espacio individual con cama, quizás un pequeño escritorio, un armario y un aseo básico, con paredes blancas y suelo de linóleo fácil de limpiar (la higiene era primordial). Una puerta acristalada daba acceso al balcón privado donde, de estar en condiciones, la ilustre paciente podría haber descansado tomando el sol y el aire puro de la montaña. Desde allí se divisaba una vista espléndida del valle y las cumbres nevadas del Mont Blanc en el horizonte, un entorno sereno y aislado que contrastaba con la agitación de París. Esa paz del paisaje alpino, con el aire fresco y el silencio roto solo por el viento y alguna campana lejana, sería el marco final de la vida de Marie Curie.
Cuidados y rutinas en el sanatorio de Sancellemoz
El sanatorio de Sancellemoz era famoso por aplicar disciplinadas rutinas de cura de reposo para tratar principalmente la tuberculosis pulmonar, la enfermedad que justificó su creación. El Dr. Tobé, especialista en tisiología y antiguo interno de los hospitales de París, había diseñado un estricto horario terapéutico que estructuraba el día de los pacientes desde temprano en la mañana hasta la noche [25]. Aunque en el caso de Marie Curie el diagnóstico terminó siendo otro, al inicio recibió un manejo similar al de cualquier enfermo tuberculoso delicado. Según las instrucciones del Dr. Tobé, la jornada comenzaba a las 7:15 con la toma de temperatura en cama. Poco después, a las 7:30, una enfermera realizaba al paciente un fricción corporal con un guante de crin empapado en agua de colonia caliente, como estimulante circulatorio e higiénico, tras lo cual le ayudaban con el aseo matutino. A las 8:00 se servía el desayuno en el comedor común: no se trataba de un simple café, sino de un verdadero desayuno reforzado tipo continental, con pan, mantequilla, lácteos y quizá huevos, pues se buscaba que los enfermos recuperaran peso y fuerzas. Después del desayuno todos debían reposar una hora en la cama, facilitando la digestión y evitando esfuerzos tempranos.
A media mañana, si el estado individual lo permitía, se indicaba un paseo al aire libre. Entre las 9:30 y las 11:00 aproximadamente, los pacientes abrigados con mantas salían a caminar por los senderos del sanatorio o a descansar en las terrazas, siempre muy lentamente y sin fatigarse, según recalcaba el Dr. Tobé. “Nunca caminar rápido, ir muy lento cuesta arriba, evitar el falta de aliento y el cansancio”, decía las normas médicas. Marie Curie, debido a su debilidad extrema, es probable que no pudiera hacer más que unos pocos pasos asistida o sentarse en una silla de ruedas al sol. Para antes del mediodía, todos retornaban al interior. El almuerzo se servía a las 12:00 en punto en el gran comedor; era otra comida abundante y nutritiva, rica en proteínas (de hecho, se ofrecía carne dos veces al día a los enfermos, un lujo en la época).
Tras la comida venía uno de los elementos clave de la terapia sanatorial: el reposo absoluto de la tarde. Desde las 13:30 hasta las 16:00, cada paciente debía permanecer acostado en posición horizontal, preferiblemente al aire libre en su balcón o en la galería, completamente inmóvil y en silencio total. Se imponía incluso no hablar ni leer durante esas dos horas y media; el objetivo era que pudieran dormir una siesta profunda o al menos lograr una relajación completa, vital para la recuperación pulmonar. En Sancellemoz reinaba un gran silencio a esas horas, roto solo por los ruidos de la naturaleza. Las enfermeras vigilaban discretamente los pasillos para asegurarse de que nadie incumpliera la orden. A las 16:00 se distribuía un tentempié (el típico goûter francés: quizá leche con galletas o similar) y posteriormente se permitía otro periodo de descanso al aire libre en las butacas reclinables hasta las 17:30. Entonces se tomaba nuevamente la temperatura corporal de cada paciente. Si a esa hora la fiebre de Marie hubiese cedido –lo cual lamentablemente no ocurría– habría podido visitar a otros internos o sentarse a conversar un poco, sin excitación excesiva, hasta la hora de la cena. La cena se servía temprano, hacia las 19:00, manteniendo una dieta reparadora. Finalmente, tras una breve tertulia o lectura ligera, a las 20:30 comenzaba el último tramo de descanso: los enfermos volvían a sus camas o terrazas para otra hora de reposo en calma [26]. A las 21:30 concluía el día con una limpieza corporal: se recomendaba una lotion de agua caliente por todo el cuerpo –quizá baños de esponja tibios– y el cierre de luces inmediato. Se prohibía expresamente leer en la cama o trasnochar; el sueño nocturno prolongado era considerado tan importante como cualquier medicina [27].
Este régimen estricto, casi monacal, era parte integral del tratamiento en Sancellemoz. El personal médico, bajo la dirección del Dr. Tobé, velaba porque se cumplieran todas las prescripciones. Cada mañana, el sanatorio ponía en marcha un detallado protocolo de higiene: por ejemplo, se recogían los cuba de esputos (escupideras) de los tuberculosos para desinfectarlos industrialmente –un camión pasaba a primera hora para intercambiar los recipientes limpios por los usados en todos los pabellones, y luego un equipo los esterilizaba durante horas en una instalación especial [28] –. Asimismo, se desinfectaban diariamente las sábanas, la vajilla y hasta los objetos personales de los pacientes para evitar contagios [29]. Aunque en el caso de Marie Curie la enfermedad no era infecciosa, sin duda también se beneficiaba de este entorno extremadamente aseado y controlado. A diferencia de muchos internos, Marie tenía un cuarto individual y contaba con la compañía constante de su hija Ève, por lo que se encontraba algo menos aislada socialmente que otros pacientes [30]. Sin embargo, el ambiente general era de quietud y rutina, lejos del bullicio de la vida cotidiana que Marie había llevado en París. En cierta forma, Sancellemoz ofrecía una burbuja de tranquilidad obligada, un paréntesis final en la agitada vida de la gran científica.
Testimonios íntimos de sus últimos días
Durante las jornadas que Marie Curie pasó en Sancellemoz, su hija Ève Curie estuvo a su lado día y noche, actuando como apoyo y enlace con el mundo exterior [31]. Ève, de 29 años entonces, veló por mantener la privacidad de su madre, pidiendo discreción al personal para que la presencia de la célebre científica pasara inadvertida en el sanatorio [32]. De hecho, se procuró que Marie fuera tratada como una paciente más, sin atenciones especiales que atrajeran miradas de curiosos; recordemos que unos años atrás, para operarse de la vista, Marie se había internado bajo nombre falso (Madame Carré) y probablemente en Sancellemoz intentó igualmente mantenerse en anonimato [33]. Aquejada de una debilidad extrema, Marie pasaba la mayor parte del tiempo en cama. La enfermedad –una anemia aplásica incurable– la tenía exhausta y pálida, con una fatiga constante y dificultad para respirar. A pesar de ello, según testimonio de Ève, Marie conservó la claridad de conciencia y una actitud serena hasta el final [34]. Sabía que su condición era gravísima. Sus ojos, dañados por antiguas cirugías de cataratas, apenas distinguían las luces y sombras de la habitación [35]; la primavera había dado paso al verano alpino, pero Marie “apenas apreciaba ya la luz del verano que se acercaba” –como poéticamente escribió un periodista–.
El 3 de julio de 1934 se produjo un ligero cambio en el cuadro clínico: tras días con fiebre altísima, esa tarde la temperatura de Marie bajó súbitamente, una aparente mejoría que los médicos identificaron en realidad como señal ominosa de colapso inminente [36]. Efectivamente, esa noche Marie Curie entró en su agonía final. Su otra hija, Irène Joliot-Curie, acudió de urgencia junto a su esposo Frédéric Joliot desde París en cuanto comprendieron la gravedad de la situación. Irène y Frédéric lograron llegar a Sancellemoz a tiempo para acompañar a Marie en sus últimas horas de vida [37]. Cabe imaginar la escena en la penumbra de la habitación 424 durante la madrugada del 4 de julio de 1934: Marie postrada, respirando con dificultad; a un lado Ève sujetándole la mano; al otro, Irène y Frédéric recién llegados, quizá todavía con el abrigo puesto tras el largo viaje en tren nocturno; a los pies de la cama, el Dr. Tobé y una enfermera vigilando silenciosamente sus constantes vitales. Sabiendo que el final estaba muy cerca, Marie Curie rehusó cualquier intento de tratamiento agresivo o prolongación artificial de la vida, rehusando más inyecciones o intervenciones inútiles [38]. Según relató Ève, en un momento dado un médico intentó aplicarle una última inyección para aliviarla, a lo que Marie reaccionó despertando de su sopor con una protesta lúcida. Pronunció entonces sus últimas palabras, un ruego firme que refleja su cansancio y su deseo de paz: «Quiero que me dejen tranquila» [39]. Era la madrugada; tras esta súplica, Marie cerró los ojos y ya no volvió a despertarse. Falleció en la mañana del 4 de julio de 1934 (hacia las 6 de la mañana), a la edad de 66 años, mientras el cielo clareaba sobre los Alpes.
El doctor Tobé, director del sanatorio, extendió el certificado con la causa de defunción de su ilustre paciente, dejando constancia de la naturaleza insidiosa de la enfermedad. En dicho informe, redactado a mano en Sancellemoz, el Dr. Tobé consignó: «La señora Curie ha fallecido en Sancellemoz, el día 4 de julio de 1934. La enfermedad era una anemia perniciosa aplásica de marcha rápida, febril. La médula ósea no ha reaccionado, probablemente porque está alterada por una larga acumulación de radiaciones» [40]. Esta declaración médica –visionaria para su tiempo– reconocía ya la probable responsabilidad de la exposición a la radiactividad en la muerte de Marie Curie.
Tras el deceso, el cuerpo de Marie fue preparado discretamente y trasladado a París. Sus restos fueron sepultados junto a los de su marido Pierre en el cementerio de Sceaux, en una ceremonia íntima unos días después (años más tarde ambos serían transferidos con honores al Panteón de París). Como detalle simbólico cargado de emotividad, su hermano Józef Skłodowski viajó desde Polonia para el entierro y vertió sobre el féretro un puñado de tierra polaca que había traído consigo, “un poco de la tierra natal sobre la tumba de su hermana” según dejó escrito [41]. Ese gesto representó el lazo imperecedero de Marie con su patria de origen y puso un broche poético a la despedida.
Los últimos días de Marie Curie en el sanatorio de Sancellemoz transcurrieron, pues, en la quietud de las montañas, rodeada del cuidado amoroso de su familia y de la devoción respetuosa del personal médico. En ese rincón apartado de los Alpes, lejos del bullicio de los laboratorios y de los homenajes públicos, Marja Sklodowska-Curie encontró su paz final. Sus ojos, casi ciegos, vieron desvanecerse la luz entre las cumbres; sus manos, marcadas por el trabajo científico, descansaron al fin. Queda el consuelo de que partió tranquila, sin dolor extremo y consciente del deber cumplido, entregando hasta su último aliento a la ciencia y rodeada por el cariño de sus seres queridos. Aquella mujer excepcional que había revolucionado la química y la física culminó su vida en la humildad de una habitación de sanatorio, pero su legado brillaría para siempre con la intensidad de un gramo de radio. Su historia nos deja la imagen poderosa de su figura frágil en cama, susurrando con dignidad: «Déjenme en paz», sabiendo que su misión en este mundo había terminado.
Fuentes: Testimonios recopilados en la biografía Madame Curie de Ève Curie, registros del sanatorio de Sancellemoz y documentos históricos (correspondencia familiar, informe médico del Dr. Tobé semanarioelpueblo.com.uy, catálogo de la exposición “Pierre et Marie Curie” de la BNF gallica.bnf.frgallica.bnf.fr, https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k82026083/f1.item.r=sancellemoz prensa de la época). Se han consultado además estudios sobre la arquitectura de los sanatorios del Plateau d’Assy passy-culture.compassy-culture.com y las rutinas terapéuticas empleadas en ellos numerabilis.u-paris.frnumerabilis.u-paris.fr.

